17 de octubre de 2017    
San Ignacio de Antioquía    
Hay lucha en tu alma
La presencia de un niño puede abrir tus ojos, dirigir tu atención hacia el sufrimiento de los inocentes, de los que conocen una ruptura afectiva, la insoportable soledad.

En una comunión en Cristo encontrarás la audacia de la solidaridades para que en la tierra, los más desprotegidos no sean olvidados ( Carta de Taizé, Polonia, 1990)

Durante el día de hoy no estaría nada mal que te detuvieras ante la mirada de los niños. Te vas a quedar sorprendido si ves la transparencia inocente de sus ojos.

Si te detienes un instante a hablar con ellos o ellas, tu admiración – si eres sensible como imagino- va a llegar a cotas inesperadas.

Son un auténtico placer para tu mirada y para tu corazón que, posiblemente, conozca ya los misterios inexplicables de la vida.

Haz una vuelta a tu infancia. Verás las cosas de otra forma: sin malicia, sin malas intenciones, sin ambiciones torpes...

Ten en cuenta que las verdaderas personas están siempre viviendo del zapato de su infancia. Infancia, ya sabes, no es lo mismo que infantilismo.

Una vez que hayas observado detenidamente a los niños en sus reacciones, comportamientos, riñas, enfados, lágrimas... te darás cuenta de que olvidan pronto y se arrepienten en seguida de lo que hayan hecho.

Te dará pena ver sufrir a un inocente. -¿ Cómo es posible que haya gente que los ultraje, los viole, los maltrate y abandone? -¿ Tienen entrañas y corazón?

Me dirás que no. Y así es. San Juan Bosco estaba dispuesto a andar varios kilómetros con la lengua fuera con tal de mantener la inocencia de un niño/a durante algún tiempo.

Todo sufrimiento es malo, pero el de los inocentes mucho más. Por eso, el hermano Roger, en la parte marginal de su carta afirma: La presencia de los niños es muy esencial. -¿ Quién dirá suficientemente todo lo que ciertos niños pueden transmitir por medio de sus dones, que ellos mismos aún no han descubierto, pero que han sido ya depositados en ellos por el Espíritu Santo? Hay niños que hacen vislumbrar a Dios por la confianza de que dan prueba por una palabra inesperada.

El sufrimiento de los inocentes no viene de Dios. Un día el profeta Elías se siente llamado al monte Sinaí para escuchar a Dios. Se desencadenó un huracán, a continuación un temblor de tierra, más tarde un fuego violento. Pero Elías sabe que Dios no está en esas catástrofes naturales. Más tarde, camina la calma regresa y Elías escucha la voz de Dios como un susurro.

Una realidad le cautiva entonces: a menudo, la voz de Dios se hace accesible a nuestras profundidades a través de un soplo de silencio. Tal vez fue una de las primeras veces en la historia en que una intuición tan diáfana ha sido puesta por escrito: Dios no se impone por la violencia, no se manifiesta por medios prepotentes que provocan miedo. Hoy como ayer, Dios no es el autor de la guerra, de las catástrofes naturales o de las desgracias. Más aún, por su Espíritu Santo, Cristo Resucitado acompaña a quienes atraviesan la prueba, habita el sufrimiento humano por su presencia de compasión.

-¿Cómo miras a los niños?

-¿Cómo los tratas?

-¿Cómo les ayudas?